¿Y ELLOS QUÉ SABEN? El riesgo de anticiparse a pensar que alguien va a fracasar.

Los ámbitos laborales suelen ser complejos. Y muchas veces debemos pelear muy fuerte para lograr lo que queremos, luchar duro y hasta el hartazgo por lo que consideramos lo mejor, o hacer hasta lo imposible para llegar a aquello que nos proponemos.

Querer hacer las cosas cada vez mejor, a veces implica nadar contra la corriente.

Están los que creen saber todo. Y todo incluye saber acerca del futuro. Ellos son los que nos dicen qué va a funcionar y qué no.

Pero…

¿Y ellos qué saben? De eso se trata la nota de hoy.

Hablemos de los falsos profetas y de las profecías de fracaso.

Una profecía es una predicción que alguien hace por una inspiración divina o sobrenatural. Una profecía de fracaso agrega a esta predicción un mal final.

Este pronóstico de desastre por ser de origen divino o sobrenatural, no tiene ninguna doctrina atrás, lo que convierte a esa acción de predecir en una verdadera lotería y hasta a veces, en una verdadera ridiculez.

A la historia me remito.

La historia a continuación es la de dos niños alemanes, uno nacido en el año 1770 y otro en 1879. A pesar de la diferencia generacional y de otros tipos que encontraremos en el relato, tanto Albert como Ludwig desde muy pequeños tuvieron que convivir con la dura profecía que pesaba sobre ellos: “Eres un fracaso y nunca llegarás a nada”.

Albert nació en Ulm, Alemania. Sus padres pensaban que sufría de alguna deficiencia mental porque había cumplido los 4 años y todavía no había empezado a hablar.

Leyó por primera vez a los 7.

Antes de ingresar el colegio primario, la madre de Einstein consideró que sería prudente contratar una profesora particular para que sirviera de apoyo a la educación formal, pero Albert se aburría terriblemente y en un ataque de rabia le tiró a la maestra una silla por la cabeza.

Sus maestros primarios decían que era lento para aprender, que cuando le hacían una pregunta tardaba mucho en responder y que con las consignas que le daban sucedía lo mismo, es decir, se tomaba su tiempo. Un tiempo mucho mayor al que usaban los niños de su edad. Además, claramente, no era la clase de alumno al que le interesa asimilar reglas y respetarlas. Con ese panorama nadie esperaba que sus calificaciones fueran buenas. De hecho, eran malas.

Cuando tenía que memorizar algo sencillamente no podía. Sus maestros decían que su memoria directamente no funcionaba. Lo diferenciaban del resto por sus defectos y no por sus virtudes, que las tenía sobre todo en las matemáticas.

Albert tuvo una secundaria rígida que consideraba de reglas dictatoriales. Aquellos que lo conocieron por esos años lo describieron como una persona completamente inútil para los deportes, ineptitud que a su vez lo aislaba de sus compañeros. Sus maestros de esos años llegaron a decir que el joven estaba poseído por una risa arrogante e irrespetuosa.

En 1894 su padre se quedó sin trabajo y la familia se mudó hacia Italia. Todos menos Albert que no se movería de Múnich, Alemania, porque debía terminar sus estudios secundarios. Sin embargo, sin un tutor que lo acompañara y en total enemistad con la rigidez militar de la escuela, pronto el joven dejó atrás los estudios y migró hacia la casa de sus padres, ya instalados en la ciudad de Pavía.

¿Qué sería de la vida de Albert, en un país extranjero y sin sus estudios secundarios completos? ¿Se cumpliría entonces la profecía del fracaso?

Ahora hablemos de Ludwig. Un niño también de origen alemán, nacido en Bonn. Todavía no había cumplido los 8 años, pero quienes tenían a cargo su educación musical ya habían realizado su pronóstico: era un músico mediocre y un pésimo violinista. Para los primeros maestros de música que tuvo, el pequeño no tenía ningún talento para interpretar armonías y melodías. Y mucho menos para crearlas. Agregaban que lo que le faltaba, además de capacidad, era creatividad. Como si todo este rótulo no fuera suficiente, también decidieron hacérselo saber.

El padre de Ludwig era un ser tan amable como Charles Ingalls (de La familia Ingalls) pero era una persona obsesiva de características opresivas que, bajo una extrema rectitud, ponía a su hijo desde las tempranas horas de la madrugada a practicar piezas musicales de muy alta complejidad para cualquiera, y más aún para su edad.

Volvamos a Albert.

A los 16 años, Albert, que había abandonado sus estudios secundarios en Alemania, se presentó frente a su familia en Italia en busca de algo que lo motivara más que la rígida educación que venía teniendo en Múnich.

Preocupada por la educación del joven, su madre apoyada por un amigo de la familia y aprovechando que Albert mostraba dotes reales para las matemáticas y la física, movió algunas influencias y logró que su hijo fuera considerado para dar el examen de ingreso a la universidad en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, en Suiza.

Si bien Albert tenía dos años menos de la edad mínima requerida para dar esa evaluación y carecía de título secundario, lo que hacía más complicada su situación, igualmente le permitieron presentarse y rendir el examen.

Aprobó Matemáticas y Ciencias, pero fue reprobado. La institución suiza argumentó su negativa al ingreso aduciendo una falta de dominio de las lenguas clásicas, griego y latín, y también a su bajo nivel en la lengua y literatura germanas.

La familia decidió entonces matricularlo en la Escuela Cantonal de Aarau, también en Suiza donde tras un año de cursada con las más altas calificaciones, recibió el título de secundario completo. Ahora sí, ya estaba lis- to para volver a intentar el ingreso a la universidad.

En 1896 logró superar con éxito su tan ansiada entrada a la Universidad Politécnica en donde pudo especializar sus estudios en física y matemática.

Como faltaba mucho a sus cursos, los apuntes tomados en clase y el material de estudio se los facilitaba su amigo y compañero Marcel Grossmann, quien años después, ya recibido de matemático, sería su más cercano colaborador.

Albert pasaba la mayor parte del tiempo en el laboratorio de física, aunque su profesor en la materia Heinrich Weber no recibía de buena manera sus proyectos. Weber tampoco recibió de buena manera la posibilidad de que el joven fuera asistente en la universidad, por lo que rechazó que estuviera en el puesto a pesar de sus brillantes calificaciones.

El ensañamiento llegó a límites insospechados cuando el joven Albert intentó desarrollar su tesis doctoral. Primero, Einstein propuso como tema medir la velocidad de la luz utilizando un instrumento óptico llamado interferómetro. Sin embargo, su tutor y maestro Weber rechazó su propuesta. Intentó entonces con otro tema: investigar qué efecto provocaba el calor en la conductividad eléctrica de un material, pero al parecer para Weber ese tema tampoco era relevante o suficiente.

Con dos fracasos en su haber, el joven Albert desarrolló una tercera propuesta: “la conductividad del calor”. Weber la sumó a su colección de rechazos.

En 1901, ya cansado de tanta negativa, pero sin bajar los brazos, Albert acercó una nueva propuesta en la que proponía un cambio. Más precisamente un cambio de tutor. Y fue así que, en adelante, su director de tesis sería Alfred Kleiner, quien, como si quisiera mantener el espíritu de su antecesor, le rechazaría su nueva tesis por considerarla demasiado crítica hacia los físicos y científicos más respetados de la época.

En 1905 el joven estudiante le acercó un nuevo proyecto a Kleiner: un estudio sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento (también llamada “teoría de la relatividad especial”) pero el director de tesis no lo aceptó por considerarlo demasiado teórico y de escaso basamento empírico.

Finalmente, ese mismo año, Einstein propuso una tesis menos ambiciosa que estudiaba la medida de las dimensiones moleculares del azúcar. Al fin, aceptaron su proyecto.

Volvamos a la vida de Ludwig.

El pequeño que no hacía otra cosa que tocar música sin parar, presionado por la alta exigencia de su padre y por su propio interés, comenzaba a mostrar importantísimos avances. A tal punto que su padre profundizaba más y más sus exigencias en busca de lograr un “niño prodigio” que pudiera ser considerado “el nuevo Mozart”.

A los 9 años, gracias a su maestro, el organista de la Corte Christian Gottlob Neefe, descubrió la música de Johann Sebastian Bach y comenzó a desarrollar por él una gran devoción. Tal era su afición por la música que a los 10 años dejó el colegio para dedicarse por completo a su pasión.

La elección dio sus frutos rápidamente. En 1782, casi por cumplir 12 años, publicó su primera composición para piano: “Nueve variaciones sobre una Marcha de Ems Christoph Dressler”. Al poco tiempo, su maestro, sorprendido por sus avances y en total oposición a lo que antes decían sus tutores acerca de sus aptitudes, reconoció públicamente que, de seguir así, habría muchas chances que de que el pequeño Ludwig fuera tan grande como Mozart.

A partir de ese momento, el ascenso de su carrera musical sería inversamente proporcional a su situación familiar y personal. A medida que la música le daba más y más popularidad, reconocimiento y grandeza, sus responsabilidades como sostén de familia y los problemas con una creciente sordera irían en aumento.

A los 40 años, en su máximo esplendor musical se quedó completamente sordo.

Muy desacertados estuvieron aquellos que hicieron sus profecías de fracaso en contra de Albert Einstein y Ludwig van Beethoven. De público conocimiento es que Einstein llegó a ser considerado el científico más importante del siglo XX, conocido por su brillante trabajo como físico teórico y respetado y admirado mundialmente por su teoría de la relatividad especial y la teoría de la relatividad total. Hasta incluso fue reconocido con el premio Nobel de Física en 1921.

Por su parte, Ludwig van Beethoven llegó a publicar 138 obras a lo largo de su carrera y logró ser considerado uno de los compositores y pianistas más brillantes de la historia, además de ser uno de los más representativos del clasicismo vienés junto con Mozart y Haydn.

Más casos de jóvenes que no llegarían a nada

Uno de los más destacados e importantes compositores de ópera, el italiano Giuseppe Verdi, no fue admitido en la Escuela Superior de Música de Milán por haber superado la edad de ingreso que era de 14 años y no de 18 como tenía el joven aspirante. Además, según dijeron desde el conservatorio, “carecía de una técnica pianística con demasiados recursos”. Lo curioso es que muchos años después, cuando Giuseppe Verdi ya era una celebridad, el famosísimo Conservatorio de Milán que lo había rechazado pasaría a llamarse “Conservatorio de Música Giuseppe Verdi de Milán”.

John Gurdon, ganador en 2012 del premio Nobel de Medicina por sus grandes aportes a la ciencia en materia de clonación y células madre, fue víctima de una profecía de fracaso. Una de sus profesoras de la Eton School en el Reino Unido dijo: “Su rendimiento y sus resultados son insatisfactorios. No asimila bien. Las notas donde apunta sus experimentos están rasgadas y confusas. A menudo se encuentra perdido, porque no escucha. Insiste en hacer las cosas a su manera. Me ha llegado la noticia de que quiere ser científico. En las circunstancias actuales, me parece algo ridículo. Si no puede ni siguiera aprender las bases de la biología, no tiene posibilidades de desempeñar el trabajo de un especialista. Sería pura pérdida de tiempo no solo para él sino también para los que deberán enseñarle”.

Évariste Galois, considerado el padre del álgebra moderna, fue rechazado dos veces por la Escuela

Politécnica de París, la École Polytechnique, porque además de su constante indisciplina, no pudo superar los exámenes de ingreso.

El padre de Charles Darwin dijo de su hijo: “Es un vago y un soñador”. Y agregó: “No piensa en otra cosa que en la caza y los perros”. Los maestros de Darwin, a su vez, sentenciaron: “Charles es un chico que se encuentra por debajo de los estándares comunes de la inteligencia. Es una desgracia para su familia”.

A pesar de estos comentarios y de otros por el estilo, de los que no hay registro, la vocación por la investigación y la observación que desarrolló Charles Darwin fue lo que le permitió desarrollar sus teorías más revolucionarias, entre ellas la del origen y evolución de las especies.

Después de este pequeño paseo por la vida de gente que supo destacarse en lo que creía, y se esforzó para lograr sus objetivos…

¿Qué hacemos con los que nos dicen que aquello en lo que creemos no tiene posibilidades de funcionar?

¿Vamos a seguir confiando en los falsos profetas y las profecías de fracaso?

Confiemos en lo que queremos, aceptemos que el esfuerzo es fundamental y busquemos las alternativas para lograr lo que nos proponemos.

Confiemos en nosotros mismos.

Hablemos

 

Demian Sterman

@demiansterman en todas las redes.

www.demiansterman.com

Mi trabajo:

Desde hace 30 años trabajo en temas relacionados con la creatividad, la innovación, el periodismo y la comunicación.

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